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CUARESMA UN CAMINO QUE NOS LLEVA AL GOZO

Respondiendo a las constantes invitaciones del Papa Francisco, a redescubrir “la alegría del encuentro con Cristo”, la alegría de ser cristianos. Me gustaría compartirles esta reflexión: Cuaresma un camino que nos lleva al gozo.

Hna. Julia Karina de la Paz

La Cuaresma es un medio privilegiado que nos propone nuestra Madre, la Iglesia para vivir el Misterio Pascual; es el sendero, el camino, pero no el objetivo, es sólo mediación, un puente. No nos quedemos en el puente, que es sólo paso para llegar a la otra orilla. Porque en ocasiones todo los buenos propósitos se terminan el día de la Resurrección. Acabada la Cuaresma, se acabó todo. Se acabó todo esfuerzo y todo proyecto de futuro de la renovación, de la conversión de nuestra vida. Además que existe la trampa de quedarnos sólo en la parte del yo pecador, sin ver la misericordia de Dios. En este día les quiero presentar esta meditación que nos invita a iniciar este “camino” “¿cómo no abrir nuestro corazón a la certeza de que, aunque seamos pecadores, somos amados por Dios?”.

¿Qué es la Cuaresma?
Para ponernos en contexto, comencemos diciendo que la Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros, para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.

La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir este tiempo, como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios.

Por ello, es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.

La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto.

Alegría de Dios
Las parábolas que nos presenta san Lucas en el capítulos, la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo prodigo, nos ayudan a entender de mejor la Cuaresma, el pasaje comienza diciendo: «Solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos”. Entonces Jesús les dijo esta parábola…» (Lc 15, 1-2).

Es sabida la acogida que Jesús reserva a los pecadores en el Evangelio y la oposición por parte de los defensores de la ley. Y es más Jesús dice: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mc 2, 17). Sintiéndose por Él acogidos y no juzgados, los pecadores le escuchaban gustosamente.

Jesús no niega que exista el pecado y que existan los pecadores. El hecho de llamarles «enfermos» lo demuestra. A los pecadores que se acercan a Él, les dice: «Vete y no peques más»; no dice: «Vete y sigue como antes».

Hijo pródigo-Padre Misericordioso. Centrémonos un poco en esta parábola. Porque nuestro camino durante estos cuarentas días, es el mismo que realiza el hijo prodigo cuando decide volver a casa del Padre, no se trata de quedarse en el camino, si no de avanzar y llegar con su Papá.

Todo, en esta historia, es sorprendente; nunca había sido descrito Dios a los hombres con estos rasgos. Toca los puntos más diversos: el arrepentimiento, la vergüenza, la nostalgia. En las etapas de la parábola podemos ver también momentos del camino del hombre en la relación con Dios, durante la Cuaresma. También podemos ver la fidelidad de Dios y, aunque nos alejemos y nos perdamos, no deja de seguirnos con su amor, perdonando nuestros errores y hablando interiormente a nuestra conciencia para volvernos a atraer hacia sí.

Hay un elemento común, que une entre sí las tres parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida y del hijo pródigo, narradas una tras otra en el capítulo 15 de Lucas. ¿Qué dice el pastor que ha encontrado la oveja perdida y la mujer que ha encontrado su dracma? «¡Alegraos conmigo!». ¿Y qué dice Jesús como conclusión de cada una de las tres parábolas? «Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

En lo que coinciden las tres parábolas es la alegría de Dios. En el Evangelio, la alegría se desborda y se convierte en fiesta. Aquel padre no cabe en sí y no sabe qué inventar: ordena sacar el vestido de lujo, el anillo con el sello de familia, matar el ternero cebado, y dice a todos: «Comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado». Así emprendamos este camino, durante cuarenta días, decida dar por fin a Dios un poco de esta alegría, brindarle una sonrisa al convertirnos a Él, al volver nuestra mirada a nuestros hermanos necesitados.

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